Antonio Cortés presentó el pasado viernes en el teatro Juan Bernabé de Lebrija (Sevilla) su nuevo espectáculo con el que está presentado su nuevo disco “Cuando quieras, donde quieras, como quieras“, el segundo de su carrera en el que sigue combinando la revisión de los grandes clásicos de la Copla junto a temas nuevos que van dando poco a poco un estilo personal, melódico y un punto aflamencado.

Acompañado solo por guitarra, batería y teclado, el concierto comenzó con versiones acústicas y muy bien reinventadas de himnos como “Ojos Verdes“, “María de la O” (uno de los mejores números de la noche), “Limosna de Amores” o “Trece de Mayo“. A su habitual forma de cantar, en la que parece que Antonio renueva las canciones y las hace suya como pocas, se añade el buen trabajo de los músicos que demostraron que sin organillo ni gran banda se pueden defender las grandes coplas sin despeinarse ni el cante ni en el baile ya que él mismo se encargaba de llenar el escenario con una expresión corporal que nos recodaba al mejor Miguel de Molina.

Este primer acto sirvió para acomodar y situar al público que, desde el primer momento, se entregó sin concesiones a un Antonio que, en la relación con el público fue de menos a más, distante al principio, entregado después. Con la versión de “Carcelero, Carcelero” incluida en su primer disco vino una parte del concierto en la que descubrimos a otro Antonio Cortés, al artista que ha venido después de Se Llama Copla. A su homenaje a Caracol siguió “Yo no se querer“, también de su anterior disco, “Miedo“, otro de los grandes números de la noche,  a la que siguió la canción que titula este disco “Cuando quieras, donde quieras, como quieras”. La copla volvió con un bonita versión “Y sin embargo te quiero” para dar paso a “Si no te hubieras ido” el tema que en su disco canta con Rocío Jurado (cosas de la tecnología), que aquí cantó solo y que fue otro de los grandes momentos de la noche, con un Antonio que se nos presentó como cantante melódico (incluso bolerista) que muestra una enorme madurez, tanto en el uso de la voz como en la forma de recrear los clásicos.

Con “S.O.S” vimos al Antonio cantaor en un cuadro en el que solo le acompañaba Mae a la guitarra. Le siguió otro gran número, “Al Alba“, en el que la sombra de José Mercé ni se vio por allí pero que quedó algo ensombrecido con lo que vendría después: “Vino Amargo” y “Campanas de Linares” donde Antonio puso de nuevo al público en pie y el escenario patas arriba. El flamenco terminaría con los Fandangos de Paco Toronjo a modo de epílogo para la mejor parte del concierto, esa en la que Antonio manda y el acompañamiento musical se queda en eso, en acompañarlo nunca en superarlo ni igualarlo.

Para el final Antonio Cortes nos dejaría una sorpresa: se dice que “Señora” es una canción que, si no eres Rocío Jurado, mejor que no la cantes porque a muchos cantantes con muy buenas voces (Pasión Vega entre ellas) se las ha visto para terminar bien ese tema y Antonio superó ese obstáculo llevándosela a su terreno y creándola de nuevo porque él de interprete tiene poco, él es un creador, coge lo que hay y lo reinventa.

Entre las peticiones del público estuvo, casi toda la noche, “Mi Niña Lola” y, ante la insistencia del respetable Antonio la acabó cantando, no sin antes pedir el tono para entrar al tema. La canción que cerraba oficialmente el concierto era “Habaneras de Cadiz” pero los bises llegaron, ya sin el trabajo de los músicos y sin micrófonos con “Las Sendas del Viento” y “Te he de querer mientras viva” con las que Antonio se despidió definitivamente y, hay que decirlo, nos maravilló una vez más.

En resumen, dos horas de concierto que se pasaron volando, con un ritmo ágil y en el que Antonio se nos mostró como coplero, flamenco y melódico, creando un espectáculo a su medida, donde todo estaba muy bien preparado y estructurado para contentar al público y donde muy pocas canciones parecían estar metidas con calzador. Y repetimos, aunque pasasen dos horas, parecía que todo había durado cinco minutos, y eso no lo consigue hoy cualquiera.