Pastora Soler, Manuel Lombo, Diana Navarro y Pasión Vega saludando al finalizar el concierto

Pasión Vega, Pastora Soler, Diana Navarro y Manuel Lombo revivieron el pasado viernes 29 de junio Azabache 20 años después. El homenaje a aquel musical fue mucho más que una simple sucesión de canciones. Lo que empezaba como un gran concierto con 4 de las mejores voces de la Copla contemporánea fue convirtiéndose poco a poco en un momento histórico, en algo que estabas viviendo y que sabías que ibas a recordar. Pasaban las canciones, salían y entraban los artistas en el escenario y te daba la sensación de que estabas aprendiendo, de que no sabes realmente de Copla y que aquí te la están enseñando. El género español por antonomasia revivía de su manera más clásica y natural, una Copla pura, a la altura de la inquietud artística que se intuía en los letristas y músicos que la hicieron. Una Copla sin folclóricas de papel cuché y sin parafernarlia exteriores. Una Copla que es arte mayor. Podemos seguir buscando palabras y referencias y nada termina de describir lo vivido. Pudo ser un sueño de 3 horas o un concierto que no olvidarás, pero era tan necesario ver a esos 4 artistas en un mismo escenario homenajeando al género que realmente les acercó al público que hoy, un día después, ha quedado más claro que nunca que Pasión, Pastora, Diana y Manuel son cuatro de los grandes de la Copla contemporánea, cuatro catedráticos de un género que nunca se fue pero que ahora vive una segunda juventud. Y al igual que en 1992 si, faltaba gente, pero ni en el mejor cartel taurino se han podido juntar a los grandes del toreo.

Para los que nos estuvisteis, y para los que sí, aquí os dejamos con nuestra crónica canción a canción:

 

Suspiros de España: enfundada en un elegante traje de rojo Pasión y sombrero cordobés del mismo color, Pasión Vega abría la noche con el mismo pasodoble con el que se iniciaba el espectáculo original. Relajada, con mucho brío e incluso eufórica, a la cantante se le notaba que estaba disfrutando en este primer número, pues se trataba de abrir el concierto y de meter al público en faena. Como si de un menos a más se tratase, Pasión paseó el pasodoble con algo de contención y una coreografía donde su elegancia natural y el señorío coplero fueron de la mano.

Una Cantaora: Juanita primero, luego Rocío y por último Pastora (o Pili como la siguen llamando con mucho cariño). La de Coria no se lo pensó dos veces y en su primera actuación cantó y contó la historia de la Lola sorprendiendo y emocionando a partes iguales. Sabíamos que esta canción era y estaba para ella en el repertorio pero ese sentimiento y esa forma de hacer sentir la tragedia real que cuenta la letra (la cual se acortó) sorprendiendo a la vez que maravillando (y mirad que Pastora la ha cantado muchas veces) es algo que se permite cualquiera.

Carmen de España: los que han podido tratar más de una vez con Diana Navarro saben perfectamente de la cercanía y simpatía de la malagueña, algo que en sus canciones no se suele ver por las temáticas de las mismas pero que anoche, en su primera aparición se vieron en la historia de la cigarrera más famosa. Con mucha picardía y algo de chulería, Diana interpretó, jugó con la letra y se movió por el escenario que nos recordaban a esos números que en los años 50 se incorporaban a la Copla para dar un momento más distendido en medio de tanta intensidad pero, no por ello, de menor fuerza.

Señorío: el último en pisar el escenario fue Manuel Lombo con este tema de Juanita Reina, una canción que ahora abriría cualquier concierto de Copla (ya sabeis, que el rollo «Noches Bonitas de España» se estila mucho en los conciertos más folcloristas), pero que el cantante nazareno transformó en elegancia decimonónica, en señorío sevillano clásico. Muy coplero y masculino, Manuel acaparó los primeros grandes aplausos con una canción que animó más aún a un público completamente entregado.

Triniá: vestida con una espectacular bata de cola roja de Justo Salao (presente entre el público) y acompañada del abánico, Pastora recuperó a la coplera folclórica, a la que el público actual más le gusta ver. Muy conocida también en su voz (y muy esperada por casi todos los presentes), la tonadilla y el garbo más genuino se pusieron en pie sobre el escenario en cada paseo que una enérgica Pastora daba con cada nota.

Ojos Verdes: como si de una musa griega del Olimpo se tratase, Pasión Vega bajó (o subió) al escenario con vestido verde agua para regalarnos, una vez más, su personal versión de la Copla con mayúsculas, de la que se ha adueñado y que el viernes volvió a demostrar por qué. Y es que, aunque algunos digan que no, Pasión es muy coplera: si en su primera aparición tuvo un punto folclorista, ahora fue delicada e intimista para contar (o decir) la historia de los ojos más copleros y yendo de menos a más, empezando muy controlada para después romperse pero, eso si, sin dar pocas concesiones a los excesos. Pasión Vega ha entendido como nadie la sensibilidad que este tema requiere y eso ha hecho que tras Concha Piquer sea ella quien mejor la sepa recrear.

Con Ruedas de Molino: la actuación en la que vimos a Manuel Lombo más nervioso (la banda no se lo puso fácil a la hora de seguir el compás) para muchos fue la mejor que tuvo. Algo exagerado a la hora de hacer las subidas de antes del estribillo, Manuel se vio más cómodo a partir del segundo estribillo, donde se creció, fue a más y llegó  al final con un cuidado descontrol haciendo de esta su actuación con más caracter de la noche.

Tatuaje: hermosa y rubia, cigarro y pañuelo al cuello, marinera y malagueña. Pasión Vega nos trasladó a la cantina del puerto y nos contó la historia de un ir y venir de lozanas y marineros. Como si de una masterclass se tratara, el concierto iba adquiriendo por momentos un caracter pedagógico, parecía que estábamos aprendiendo. Pasión nos enseñó que esta canción se puede cantar de otra manera: no hace falta estar desesperada por encontrar al marinero, «Tatuaje» puede ser vista y cantada desde fuera, en una tercera persona que puede transmitir cual narrador omnisciente todas las sensaciones y desazones que nos deja la canción. Como les pasó a sus compañeros en otras actuaciones, esta fue el número en que Pasión disfrutó y se le notaba ese aura especial de saber que ese no era un concierto cualquiera.

Los Tientos del Cariño: a esta actuación podríamos dedicarle directamente un artículo propio. A saber: todos los copleros nos sabemos esta canción del derecho y del revés gracias a Se Llama Copla y a Miguel Poveda. Poco, muy poco se podía hacer con una canción de la que también quedan constancia en las voces de Rocío Jurado y Dolores Vargas (para quien fue compuesta). Sin embargo Diana Navarro fue creativa y sorprendió: su caracterización a medio camino entre la España de 1929 y de una bambola italiana, (apareció con pelo recogido a un lado y un mantón de manila que le cubría todo el cuerpo para después desprenderse de él y quedarse con un vestido negro encorsetado y corte a la rodilla) anticipó una revisión en clave lorquiana de una de las letras de mayor belleza de la Copla. Diana parecía la Novia de Bodas de Sangre o Adela, la hija de Bernarda Alba, en su interpretación no la vimos a ella, veíamos una artista diferente, amoldada al papel de una mujer despechada que nos retrotraía a la pasionalidad entendida de andaluzas (y románticas) maneras. Coplera, con el punto necesario de flamenca y con la voz algo distinta (fue la actuación que más sorprendió de la malagueña en cuanto a voz e interpretación), Diana nos hizo ver que a veces, por muy revisados que estén los clásicos, no está todo dicho.

La Lirio: gustó tanto ver a María Vidal cantar esa Copla en el Azabache original que, años después, para muchos es la mejor versión de un tema añejo, conocido por todos los copleros y letra fácil de recordar. La Lirio, la Lirio tiene una pena la Lirio, pero sin bata de cola ni peina, ni falta que hace. Manuel Lombo empezó a entonarla antes de aparecer por el escenario y una vez en él nos recordó en las formas a su primera actuación de la noche, pero esta vez se le veía más alegre, lo estaba disfrutando más, y es que cantar una canción que todos se saben en un concierto como este y sabiendo que el público ya te ha dado el beneplacito, hace que uno se venga arriba. Y de que manera señores.

Cinco Farolas: la mayor sorpresa que pudo darnos Pastora Soler en la noche fue esta actuación. Mientras sus compañeros equilibraron la balanza entre lo previsible y lo creativo a la de Coria le había tocado lidiar con temas ya conocidos en su voz pero que, de no haber sido así, habría decepcionado al público. Dejando a un lado esa percepción de la audiencia, Pastora se acercó de pasada al estilo de sus compañeras en este tema para realizar una actuación que fue de menos a mas en interpretación y en voz, ya que fue subiendo poco a poco durante el tema hasta alcanzar unos finales muy alargados y bien rematados. Aunque sean otras las actuaciones que se recuerden, merece la pena ver con detenimiento la versión de Pastora, sentida y algo exagerada, pero también distintas a las que ya hemos visto.

La Violetera: este homenaje al musical de 1992 estaba dejando a un lado ciertas canciones que no han llegado al día de hoy con la misma fuerza que sus compañeras por el simple hecho de que la Copla castiza, madrileña (o Canción Española como tal) no han sido asumidas por los nuevos copleros. A la (casi) desaparición del repertorio de Nati Mistral se añadía la ausencia de «El Relicario». No fue así con la violetera interpretada, como no, por Diana Navarro que, vestida de blanco y con una cesta llena de violetas, nos recordó que esa Copla no andaluza, que reflejaba la mezcla de clases sociales del Madrid más clásico y que se destinaba más que nada al cine, también merecía su hueco. Dulce, carismática y con una alegría cándida, Diana se metió en el papel y cerró una primera parte del concierto donde la versatilidad de la malagueña brilló especialmente.

Y Sin Embargo Te Quiero: acompañada solo de la guitarra y emocionada casi desde el principio, Pasión Vega fue de menos a más con otro tema imprescindible en su voz y, aunque no sea su primera vez con él, el directo y las distancias cortas terminaron de echar abajo todos los tópicos sobre la malagueña. No se puede interpretar un drama sin resultar excesiva, no se puede hacer pasar por minimalista un llanto desesperado, no se puede gritar sin exagerar. Sencillamente, no se puede sufrir sin hacer notar el dolor, pero ella puede y lo hace, sin perder la voz ni dejarse llevar por la locura, simplemente cantando y llegar al final de este dramón mostrando una enorme fragilidad y a la vez un saber estar que muy pocas saben llevar.

 

Antonio Vargas Heredia: de Puente Genil a Lucena, de Loja a Benamejí. La historia de aquel gitano de Sierra Morena, reinterpretada y renovada en acústico por la voz de Manuel Lombo (que repitió los arreglos con los que canta siempre este tema) nos recordó la faceta de cantaor del artista nazareno, muy coplero en sus otras actuaciones, pero más flamenco en una canción de la que él ha sabido apoderarse (junto a «Silencio por un torero») y que el viernes fue un momento de dulce distensión en medio del derroche de poderíos que se venía viendo en el concierto.

Cuplerías: el único tema no perteneciente al repertorio vino a sustituir a los Fandangos y a las piezas flamencas que Rocío Jurado cantaba en el original. Las Coplas por bulerías incluidas en su último disco fueron el puente perfecto entre la actuación previa y posterior, además que recordó a una de las grandes ausentes del primer Azabache: Marifé de Triana. El fragmento de La Loba nos trajo a la Diana más visceral (licántropa como ella misma dice) en contraste con sus anteriores apariciones y sorprendiendo a un público que, por cierto, supo agradecer ese guiño a la actriz de la Copla.

Que No Daría Yo: los puristas dicen que esta canción debe quedarse como la dejó Rocío Jurado. Estaba escrita para ella y paremos de contar. Sin embargo, han sido todas las voces, las buenas y las malas, las que se han atrevido, así que su presencia aquí era necesaria para homenajear a la Más Grande. Pastora sabía que este tema no era un juego de niños, que la verían con lupa y lo sacó todo de las entrañas, cantó con el corazón, era pura fuerza sentada en una silla de enea y aunque el alma de Rocío estaba allí no ensombreció ni impidió el lucimiento de la coriana, exultante y consciente del momento vivido. Con el público en pié y agradecida por las muestras de cariño, Pili dio las gracias la chipionera tras otro de esos momento que muchos esperabamos pero que, al final, nos sorprendieron muy gratamente.

Capote de Grana y Oro: dijimos en nuestra predicción que esta Copla iba para Manuel Lombo y así fue. Gran aficionado al mundo taurino, Manuel se paseó por el escenario cual diestro, dio un par de bandazos, tuvo gracia y tronío y cantó una bellísima versión de la elegía a Manolete. Esta fue su actuación en solitario más de artista y mejor interpretada, fue el equivalente a la que Pastora hizo con «Triniá»: muy coplero, muy tonadillero y muy masculino (subrayamos esto último porque en las nuevas generaciones de Copleros, por suerte, están apareciendo voces de coplero, no de cantaor flamenco, que no pierden ni un ápice de masculinidad, siendo Manuel y Miguel Poveda los máximos exponentes).

María de la O: esperada y necesaria era ver la química e interacción entre los cantantes. Manuel esperó a una Diana que apareció con melena al viento, traje de flecos y un inmenso mantón de manila azul con flores bordadas. Ambos se encontaron y se cedieron el testigo. Manuel abandonaba con el semblante serio ante una Diana que le estaba por dedicar los primeros versos, «Para mis manos tumbagas, pá mis caprichos moneas«, de una canción muy conocida en su voz y en la que sacó de nuevo el caracter y la energía que ya habíamos visto en el concierto. Muy a su manera, con buen paseo del mantón y sin la sombra de Marifé.

Francisco Alegre: no solo de la Piquer íbamos a verla en Azabache. Filtrado días antes del concierto, estaba por ver como le iba a Pasión Vega con este verdadero toro de miura. Enfudada en un capote (y de los de verdad), hizo el paseo, toreó y se movió como un diestro por la plaza. Incluso lo clavó en el albero escenario (con alguna dificultad, por cierto) e impresionó a un público que aplaudió a una coplera que, sin bata de cola ni volantes, tuvo el señorío y la casta necesaria para cantarle a un torero. Y vaya si cantó:  fue su tema más alegre de la noche, a la vez que fue en el que desplegó un mayor juego de voces. Lo que parecía que era un reto al final fue un número resuelto con muchísima soltura, tal vez porque Pasión estaba esa noche especialmente inspirada.

Un Clavel: de verde y negro azabache pero con un ramillete de claveles sobre el micrófono, Pastora realizó por adelantado una actuación que recordaban a esos bises que se hacen en los conciertos cuando el público pide otra canción al terminar. Muy fresca y sin ningún síntoma de cansancio, la cantante fue derrochando sensualidad y personalidad a la vez que animaba al público a que no decayese en sus ánimos. Una buena forma de levantar al personal justo antes del final.

Mañana Sale: a piano, sin banda y sin sus sobresalientes arreglos musicales, la única canción de Nati Mistral que se recuperó en el homenaje la interpretó Manuel Lombo, drásticamente acortada y sin el lucimiento real que esta canción regala. Aunque la idea fuese buena y aunque Manuel supo introducirse en la historia, al conjunto le faltó mucho, sobre todo la música y la interpretación, eso si vocalmente el artista nazareno estuvo muy bien.

Cárcel de Oro: ¿Cantarían alguna canción a dúo? Una de las dudas de la rueda de prensa se resolvió casi al final. Pastora Soler y Manuel Lombo pusieron voz e interpretaron de manera sublime esta Copla, en la que él estuvo mucho más intenso que ella (eso, o que Manuel tuvo un punto de aflicción que hacía que Pastora endulzase el tono), pero en la que se notaba la química y la buena relación entre ambos. Dueto en la cumbre que pide a voces que se repita en un disco y con una canción compuesta para ellos dos.

El Día Que Nací Yo: lógicamente habría otro dueto reservado para las dos voces malagueñas del homenaje. Y fue con una canción que debería haberse cantado en solitario pero en la que las dos supieron lucirse por separado a la vez que se unieron muy bien en los estribillos. Primero Diana y después Pasión, la intensidad de este dueto no se quedó detrás del anterior e hizo que las colaboraciones entre los cuatro artistas fuera un gran final de fiesta aunque, eso sí, mejor hubiera sido con la banda (los dos duetos fueron a piano).

Suspiros de España: una herencia de Se Llama Copla para los conciertos del género son las actuaciones corales. Prescindibles y vacías de interés, lo único destacable de esta fue ver a estos cuatro animales del escenario compartirlo y cantando al mismo tiempo. Entendemos también que un final colectivo es lo mejor, que esto ha sido trabajo de cuatro y que nadie merece cerrar en nombre de todos, pero lo insistimos, la coral se podría haber pasado por alto. Eso sí, el final mostraba el caracter cíclico del concierto: terminar justo donde el espectáculo empieza. Lástima que para la vuelta a empezar haya que esperar.

 

 

 

 

 

 

 

 

Si después de haber leido esta inmensa parrafada y habeis llegado hasta aquí, aparte de felicitaros por haberlo hecho (son más de 3000 palabras) queremos pedir disculpas por la baja calidad de las fotos: decidí ir sin la reflex porque entonces estaría echando fotos y, realmente esto era para verlo sin distracciones y sin apartar la mirada del escenario. Las pocas fotos se echaron con una digital y, claro, el resultado no es el mismo. Tambien os recordarmos que el espectáculo se verá en El Puerto de Santa María, Algeciras y Málaga, así que todavía estais a tiempo de ver en persona lo que os hemos descrito y, eso si, os garantizamos totalmente que merece la pena.