isabel pantoja portadaHay dos ideas que se pueden sacar en claro actualmente en nuestra sociedad si atendemos a la forma que tenemos los usuarios de las redes sociales (como medios de libre expresión) de hacer el uso de ellas: por una parte, nos gusta ser tremendamente correctos, (pero nuestros «me gusta» no salvará a nadie de su enfermedad). Por otra, tenemos una especie de adicción al fracaso o a ver como la gente cae a la arena del circo y los leones los devoran hasta no dejar ni el número del DNI de los acusados. Y en medio de todo esto, Isabel Pantoja está en la cárcel.

Vaya por delante que aquí solo nos interesa la vida de Isabel Pantoja por su aportación a la copla y vaya también por delante que ni la exculpamos ni nos ensañamos, para eso está el juzgado, pero es interesante ver como el circo mediático se ha movido en los últimos días. Su caso es uno más de los muchos que hay de corrupción en este país, pero en el suyo propio, el gran drama de la diva folclórica se ha cebado con ella. No es para menos: de la misma manera que subimos a los altares a personas y personajes por alguna cualidad propia (cantar, bailar, actuar, su belleza, el haber concursado en un programa) nos gusta tirarlos al foso y reírnos de su estrepitosa caída. Tal vez algunos lectores no entenderán por donde vamos, pero pongamos algunos ejemplos más internacionales: nos hemos reído de las adicciones de Whitney Houston y de Amy Winehouse, hemos hecho chistes con todos los problemas de Britney Spears e incluso en su momento no faltaron coñas sobre las torres gemelas. Humor negro convertidos en memes del internet 2.0 como nuevo formato de entretenimiento sarcástico. El problema es que todo tenía gracia hasta que, en los casos de Whitney o Amy, la cosa iba demasiado en serio hasta llegar a los finales de ambas.

Isabel Pantoja ha vivido una trayectoria similar. ¿Por qué? Porque es demasiado apetitoso ver como una artista que se vestía con trajes carísimos, que llenaba estadios y plazas de toros o que lograba el histerismo colectivo de una masa fiel de seguidores caía en las redes de la operación malaya para darnos imágenes que poco o nada tenían que ver con los días de vino y rosas de otros tiempos. Somos adictos al fracaso y al escándalo: nos gusta ver como la gente cae y reirnos de ellos. Y si son famosos, más risas aún. Nada mejor que una polémica alimentada por la prensa para despertar el morbo y saciar la necesidad de ver que no es oro en la gran mentira del show business. El lado oscuro de la fama vende y da (mucha) audiencia como para dejarlo pasar. La ecuación funciona e Isabel Pantoja ha vivido todo este proceso que se vive en paralelo a los programa o revistas de turno: montajes, vídeos, parodias, tuits, hagstags… Todo era una sátira, un drama con aparente falsedad (o no tomado en serio) que se servía de las imágenes que la prensa nos regalaba («no me vas a grabar más«) hasta que la justicia ha dicho que esto no son chistes para pasar el rato en redes sociales. Isabel está en la cárcel porque una sentencia así lo dice. Su música y su arte están totalmente al margen de sus actuaciones como persona, aunque está claro que es el personaje mediático el que ha protagonizado esta historia que ahora escribe líneas entre rejas.

Decadencia pura y dura que no es la primera ni la última que pasa y que en un futuro, lejos de ser olvidado, seguirá alimentando la guasa. ¿O no vemos de vez en cuando los vídeos de Lola Flores cuando sus problemas con Hacienda para echarnos unas risas?

Cuando Isabel salga de la cárcel habrá cumplido con la justicia. Hecho esto recupera su libertad y es seguro que un cheque en blanco la estará esperando para que cuente sus vivencias en Alcalá de Guadaíra. Lo hará con toda seguridad con una resurrección programada y aplaudia en la que muchos que ahora se ceba luego querrán ser los primeros participes de su «vuelta al ruedo», pero para eso todavía queda.

Mientras tanto pensad una cosa: de la cárcel se sale, pero de la hemeroteca online no. Y eso Isabel lo sabe a la perfección.