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Foto: María Primavera

Fue hace un mes durante la Giraldilla Flamenca de Lebrija. Manuel Molina actuó en la Peña Flamenca Pepe Montaraz. Su hija Alba Molina le acompañaría después en el escenario, pero antes fue él solo, junto a su guitarra, quién se entregó al público. Su voz era la de un flamenco que no perdía el quejío o la sensibilidad del cante, pero había una enfermedad que le impedía extender ese hilo de voz que cantaba por bulerías. Manuel no quiso parar esa noche por más que todos los allí presentes viésemos a una persona que no dejaba que las fuerzas le flaqueasen. Él mismo reconoció en determinados círculos que sabía el tiempo que le quedaba de vida y que eso no le impediría ir a cantar o tocar la guitarra. Y eso fue lo que hizo.

Las dos imágenes que veis aquí proceden de aquella noche, un último recuerdo en vida (y en directo) para los allí presentes de un genio que no abandonó el cante o el flamenco y que decidió que lo acompañarían hasta su último día. No quiso encerrarse ni dejar de vivir ni tampoco abandonar el flamenco. Solo quiso cantar y tener la guitarra cerca hasta que llegase la hora… Hoy toca decirle adiós, pero como ocurre con los grandes artistas de verdad: el mito nace y el legado permanece. Y como ejemplo, ahí tenemos las redes sociales llenas hoy de vídeos suyos…

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Foto: María Primavera