Este 2 de agosto se cumplen 40 años del fallecimiento de la cantautora Cecilia. El suceso ocurrió de madrugada en un pueblo de Zamora, tras haber actuado aquella noche en Vigo y de estar citada en Madrid a la mañana siguiente. Os preguntaréis por qué comenzamos un post hablando de esta célebre cantante. La explicación es bien sencilla: la mala fortuna o la desgracia se cebó con Cecilia, pero lo que pasó aquella noche podría haber pasado muchas más veces (de las que de por sí han sucedido) en todo el territorio nacional y en especial en Andalucía.

Hablo de los cantantes que viven durante buena parte de año en carreteras. Vocalistas, grupos y familiares que se pasan la temporada entre casetas de Feria, festivales, concursos, romerías o recitales varios. Casi ninguno de ellos vive profesionalmente de la música, pero luchan y se dejan la piel por tener una o varias noches sobre un escenario entregando lo que mejor saben hacer ante el público. En ocasiones se cobra mejor, otras peor, a veces se hace un favor o se cumple con un compromiso y otras se va directamente a concursar (en los festivales). Son ellos, cantantes pseudoanónimos que no conocen lujos y caprichos de diva, pero que están ahí para dar lo mejor de sí mismos en ese pueblo antes de volver a la carretera. Una carretera que a veces supone hasta cinco horas de coche cuando ya es de madrugada y donde el cansancio puede aparecer en cualquier momento. En el caso de Cecilia se apuntó al exceso de velocidad (por querer llegar a Madrid) combinado con la falta de visibilidad que había en las carreteras españolas en los 70. Más cercano puede resultar el caso de Jesús de la Rosa: la voz de ‘Triana’ falleció por las heridas provocadas por un accidente de tráfico tras volver de un concierto benéfico en San Sebastián.

A día de hoy han mejorado mucho las infraestructuras (por suerte), pero sigue habiendo muchos pueblos andaluces de dudoso acceso que para sus fiestas quieren contar con un buen grupo de flamenquito, con algún cantante de sevillanas o con algún ex concursante de Se Llama Copla. Tras una negociación, llega la rutina diaria del artista: hacer kilómetros hasta ese pueblo, ensayar, hacer pruebas, descansar donde se pueda (la idea de un hotel casi nunca se contempla), actuar y luego volverse a casa junto a sus acompañantes y con el correspondiente cansancio acumulado. Puede que encima del escenario los focos hagan creer otra cosa, pero la realidad es bien distinta. No es oro todo lo que reluce ni es tan bonito dedicarse al cante. Al revés, hay mucho trabajo detrás que lo hace una verdadera profesión de riesgo.

Actualmente no se conocen muchos casos de accidentes a pesar de la infinidad de fiestas, festivales y concursos que se desarrollan (¡TOQUEMOS MADERA!) pero si se conoce el caso de Jesús González. El finalista de la sexta edición de Se Llama Copla tuvo que abandonar el programa justo cuando comenzaba la fase final por sufrir un accidente de tráfico al volver de la gala. Desde la quinta edición del programa muchos concursantes no tenían hotel o sitio donde quedarse, optando la mayoría por volverse a casa esa misma madrugada tras la gala y grabar algunas entrevistas. Hay muchos que incluso han llegado a su pueblo o ciudad ya en la mañana del domingo. Como vemos, ante los focos vemos un boato que después no se corresponde con la realidad.

Es la vida del artista que no es una megaestrella: se sube al escenario, vende una imagen de éxito, de buen cantar y de aplausos, pero cuando se bajan las escaleras se llega a una realidad de escasos sueldos, horas de carretera y un capital gastado en gasolina. Un esfuerzo y un sacrificio pagado en metálico o con infinidad de aplausos pero que muchas a veces no está tan pagado como creemos…