La retirada de los ruedos de Francisco y Cayetano Rivera Ordóñez no es algo que me haya pillado por sorpresa. Sí lo fue la vocación tardía del pequeño, cuando decidió abrazar la tradición familiar a una edad en la que otros compañeros de profesión ya pensaban en la retirada. Eso fue cuanto menos extraño. Y más aún si pensamos en que Cayetano quiso construir Roma en dos días, queriendo ser cura antes que fraile y desoyendo a los que cuentan que este oficio se aprende desde niño.

Bien es cierto, tal y como declaró su hermano Francisco en ABC Punto Radio, que no se le puede obligar a nadie a seguir con una profesión en la que uno se juega la vida. Pero en este caso, Francisco, nobleza obliga. Fue él mismo quien hizo oídos sordos a la citada aseveración cuando pocos días después siguió el mismo camino que su hermano, escudándose en una “retirada temporal”. O lo que es lo mismo: dejemos pasar este tren que ya vendrán otros.

Va por delante el inmenso respeto que me produce la Fiesta Nacional y todos aquellos que a ella se dedican, pero no dejo de pensar en los que desde un principio creyeron que la vocación de los Rivera Ordóñez era un capricho y la retirada, por ende, una burla. Burla hacia aquellos que no nacen con un apellido y tienen que ganarse en plazas de segunda –y tercera- lo que no les viene dado en la cuna. Ésos, no alcanzan la elite tras sólo dos años como novillero, ni tampoco se retiran al casi llegar la década en el ruedo. Ésos, los que van de plaza en plaza portátil en furgonetas, pasan años tentando vaquillas y rogando tardes sin que nadie salvo ellos mismos se preocupen de su suerte. Ésos, los que cada noche se acuestan con la esperanza de que al día siguiente llegará su oportunidad, no dejan su carrera “por dedicarse a otros asuntos”, porque no pueden idear una vida en la que no figure ponerse delante de un toro y enfrentarse a él de igual a igual.

Por ello la carrera de Cayetano Rivera Ordóñez, sin entrar en su calidad con la muleta, ha tenido un efecto gaseosa: mucha agitación al principio para terminar luego explotando mediáticamente. En el caso de Francisco, con una trayectoria más larga, la cuestión es parecida. Dieciocho años de alternativa y mil cuatrocientos toros. Más de mil oportunidades servidas en bandeja de plata en comparación con los que luchan por tener una. El toreo, como arte que es, bien puede extrapolarse a la pintura, por poner un ejemplo. A lo largo de la Historia muchos han sido los pintores que, una vez concluida su obra maestra, se retiraron porque ya habían hecho todo lo que habían venido a hacer a este mundo. Podría haber sido el caso de José María Manzanares cuando indultó a Arrojado en la Maestranza. Pero no. El diestro alicantino ha seguido regalando grandes tardes a la afición y demostrando que de casta le viene al galgo. Viéndolo así, a los hermanos Rivera Ordóñez les han sobrado toros. Ya tenían la vida resuelta como empresarios, así que no ha sido mala idea decir basta. Por ellos mismos, por la afición y por su familia.