Pocos artistas juegan en una liga a la que solo llegan unos pocos privilegiados en la cual puedes hacer lo que quieras sobre el escenario que el respetable siempre te lo va a permitir. Heredado directamente del concepto de concierto-espectáculo que se ha impuesto en los últimos años desde Estados Unidos, el cantar y la música se condicionan al puro espectáculo, a querer entretener y tener al público completamente entregado mientras el maestro de ceremonias está sobre el escenario. Miguel Poveda, como ya lo hiciese Rocío Jurado en su momento, es de los pocos artistas españoles que ha entendido esa idea de que no se viene a demostrar nada, sino a hacer disfrutar a una audiencia que ya conoce tu trabajo y que lo quiere es vibrar canción si canción también.

No fue, por tanto, un recital de flamenco desde el punto de vista más conservador lo que vimos en Fibes el pasado Viernes de Dolores. La (doble) parada de la gira de ArteSano en Sevilla nos traía a un cantaor al cual tu no ibas a ver si lo hacía mejor por alegrías que por bulerías. Los que conocen su trayectoria saben como se defiende Poveda en cada uno de los palos. Aquí veníamos a otra cosa, que se podría decir que era flamenco, pero que no terminaba de ser lo que vemos en la Bienal o en un festival. Vaya por delante que aquí no se le resta merito, al contrario: Miguel Poveda va cogiendo poco a poco sus propias canciones y las reinventa a su manera, no sigue el guión establecido por los temas que compone el disco, sino que ofrece espectáculo puro y duro, dando momentos difíciles de olvidar, de esos que sientan precedente y que solo está a la altura de un artista que es la vez virtuoso y perfeccionista, que deja pocas cosas al azar y que trabaja constantemente en acercar el flamenco a un público cada más masivo. Esos momentos son ver a La Lupi mover la bata de cola simulando el Mediterraneo mientras Poveda se arranca por alegrías, los momentos intimistas e intensos por Tientos de Pastora o la minera al maestro Pencho Cros que contrastan con el júbilo y jaleo de los tangos de Triana, verdadero climax del concierto en el que Poveda se atreve incluso a bailar o a soltarse la melena porque como bien dice el nombre: «Triana, puente y aparte», y eso debía de notarse. Todo ello con las letras de las canciones cambiadas respecto al disco. No faltaría «La ruiseñora» por cuplerías o los recuerdos a las dos interpretaciones más recordadas de su disco de copla como son «A ciegas» o «En el último minuto». Antes de eso, Miguel recordó la Semana Santa que estaba por venir y, acompañado por las 3 Caidas de Triana le dedicó a una Saeta al Gran Poder que pocos esperaban y que pasa por ser otro de los momentos de la noche. En medio de todo hubo sitio para las sevillanas, para la seguirilla, bulerías, malagueñas o tangos que aparecían como pinceladas en un cuadro, intercalándose entre los grandes momentos del concierto y que daban testimonio del último trabajo de Poveda.

Tal como hacía Rocío Jurado cuando cantaba «En el punto de partida» en sus conciertos, Miguel realiza una improvisación dentro de una planificación del espectáculo más que escrupulosa, pero que no resulta fría ni medida, sino que parece que lo va cantando como le sale, con el alma y desde sus adentros. El Flamenco y la Copla hay que sentirlos para hacerlos llegar a un público, de nada sirve un quejío bien hecho si no hay un sentimiento que lo inunde. Esa es la virtud de Poveda, que una vez que olvida que todo va a salir bien saca al virtuoso que lleva dentro y se dedica a maravillarnos durante las casi tres horas de arte muy sano que pudimos vivir aquella noche.