Mensaje para Fibes y Doble R: el germen que permitió a SIMOF salir reforzado de la anterior crisis (la de 2013, crisis económica estructural y aparición de nuevas pasarelas) estuvo entre otras cosas en los noveles, en la gente nueva (y VÁLIDA) que quiso apostar por la pasarela. 

Precisamente en la final de los noveles que tuvo lugar en la mañana del viernes se vieron ciertos brotes verdes y se supo premiar a quien se veía que venía con ambición de hacer algo más que 3 trajes bonitos para instagram. Ese punto de inflexión mañanero continuó durante la jornada: quizá no fue ese viernes de grana y oro al que nos habíamos acostumbrado, pero el grueso de lo mejor de la 31 edición de SIMOF desfiló este día. Y como muestra, los 7 botones (sí, hubo más) que analizamos hoy en nuestro post:

Alejandro Gordillo, ‘Rodeo’. Hacía años que esto no pasaba: un novel jugando a ser novel. Y jugando bien, ojo. Alejandro se centró en la Beyoncé de Cowboy Carter con una propuesta inspirada en el Estados Unidos de interior, estética country, gasolineras en medio de la nada y, lógicamente, el estilo de la señora Knowless. El resultado a nivel técnico estaba bien ejecutado y es obvio que hay que separar los estilismos por piezas si quiere darle salida comercial, pero interesa más el mensaje que subyace en todo esto: vino a que se le viera, a llamar la atención, a salirse del aburrimiento que están siendo los noveles, a demostrar que tiene un producto bueno y a que conoce el rol de alguien que está empezando en la moda. Una mención especial a la creatividad más que merecida y, esperemos, no se quede aquí: fichajes como estos son los que necesita ahora mismo la moda flamenca.

Yermo Rodríguez, ‘MELA‘. Según el proyecto presentado, esta colección se lo jugaba todo a la carta de la costura: Guillermo Rodríguez avisaba que su idea de impacto estaba en la técnica. Y la verdad, entre noveles, cátedras, emprendes y gaditanos de acabados reguleros, se agradece que al menos alguien presuma de calidad en las hechuras (y que ese resultado sea acorde a lo que se anuncia). El buen trabajo le dio el primer premio de noveles, aunque en lo particular he de decir que yo le habría dado ese honor por su homenaje involuntario a SIMOF 1996: volantes de pañuelo, volantes en pico, faldas asimétricas, combinaciones locas de colores pocos favorecedores, complementos hechos a base de cuentas, tejidos con caídas o vaporosos (¿Os acordáis del crespón?), mantoncillos de flecos bicolor… Solo le faltó una foto del Alcora en la pantalla, Mónica Rosón desfilando e Inmaculada Casal dando paso al directo desde Contraportada.

Juan Boleco, ‘Té de menta’. Lo bueno si es breve… dos veces bueno. Juan Boleco es de los poquísimos diseñadores que sabe que un desfile no se puede hacer bola y que este debe ser ágil, con ritmo y dinámico. Aunque dure 7 minutos y sean 10 trajes. Pero ¡Qué 10 trajes! Té de menta no descubre nada, es su estilo, su flamenca ampliamente reconocida, pero en versión elevada, con un empaque especial (fijaos que los volantes van mucho más armaos que lo que acostumbra), con un colorido y materiales de inspiración del norte de África bien complementados, tejidos de mayor cuerpo y un más es más que invita a detenerse con cada salida de pies a cabeza.

José Joaquín Gil, ‘Las Letanías’. Probablemente en unos años, al trazar la trayectoria de José Joaquín, esta pueda calificarse como su colección de madurez. ‘Niza‘ fue el volantazo y la sorpresa con la que puso sobre la pasarela cuál era el camino que él quería seguir de verdad en la Flamenca. ‘Almonte’ supo mantener el listón y mantuvo ese interés con un perfil ya bien definido de volantes al hombro, escotes cuadrados, cuello a la caja, falda de talle alto, cuerpos ceñidos a la cadera, enaguas a la vista, tonalidades de color que no caen en lo previsible y la preferencia hacia tejidos que, desde luego, no parecen los más baratos del muestrario. ‘Las Letanías’ es la interpolación de ambas: con un conjunto de envoltorio high fashion similar a la de la primera, los trajes van más hacia lo práctico que se veía explícitamente en la segunda. Un vaivén con bastante gusto que consolida y hace reconocible el estilo Wisconsin. 
Y un aviso para las que hacéis reels: el temarraco que sonó en el carrusel (que yo hubiera metido en medio del desfile) es ‘Millenium’ de Rebeka Brown & Juanjo Martin.

José Raposo, ‘Lola’. En 2022, con todas las firmas yendo a lo seguro tras la pandemia, él se puso futurista. En este 2026 de wannabes de pija rancia con mantoncillo, le da por jugar con la moda. Curioso cuando menos que José Raposo haya decidido salirse de la zona de confort en dos momentos que se habrían prestado a lo que se le da bien: flamenca clásica con ese punto urbano que suele controlar. En ‘Lola’ hay de eso, pero también mezclas de rayas con estampado floral, juegos de texturas, asimetrías en los cortes y una búsqueda de querer ampliar repertorio de mangas o faldas en las ideas de un diseñador que, parece, sigue con ganas de abrir el abanico.

Ana Morón, ‘Efímero’. O naturaleza o modernismo. Pues este año repitió el leitmotiv natural: Ana Morón recurre con frecuencia a las flores para pintar y patronar sus flamencas, dando todo el peso esta vez a la amapola (que ya ha dado en otras ocasiones la alternativa a claveles o rosas en volantes) y con ello a un poderoso uso de rojos y negros complementados con rosa y blanco. Cuatro colores que, dicho sea de paso, escenifican varias de las querencias de la diseñadora: la mezcla de rosa y rojo con geometrías o la preponderancia del blanco suelen estar presentes cuando vemos a la mejor Ana. Y en esta propuesta hemos visto trajes que merecen perdurar más allá del tiempo de un desfile que, por cierto, fue cualquier cosa menos Efímero.

Antonio Gutiérrez, ‘Adiós mi España querida’. Convertido ya en el folclórico más moderno de todo el sector (y tras el descanso a la temática que le dio con Catarsis), Antonio Gutiérrez vuelve a mezclar todos los ingredientes que hacen de su propuesta una de las más esperadas: homenaje queer, centrado ahora en el estilo inconfundible de Miguel de Molina, deconstrucción de los elementos clásicos de la flamenca (bordados y flores se alternan en los trajes), guiños al folclore patrio (capa española, tafetán fallero) a la par que a la moda urbana y un estampado propio que se quede como «el de la colección«. Aunque el guion nos lo sepamos, el repertorio se crece, se viene arriba con un estilismo de peluquería y maquillaje recargado, la ambientación ayuda a un mejor resultado videográfico y las modelos reman a favor. No es solo el qué, también el cómo.